Dr. Federico Villamil

por el Dr. Andrés Ruf

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Hablar de la vida profesional del Dr. Federico Villamil es, inevitablemente, hablar de la historia moderna de la hepatología y del trasplante hepático. Reducir su trayectoria a una enumeración de cargos o distinciones sería insuficiente y totalmente injusto. Federico es, ante todo, un maestro, y como todo verdadero maestro, su legado más profundo no está solo en lo que hizo, sino en lo que despertó en quienes tuvimos el privilegio de formarnos a su lado.

Graduado con Diploma de Honor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, se formó en Medicina Interna en el Hospital Italiano de Buenos Aires y completó su especialización en hepatología y trasplante hepático en la década de 1980 en centros de referencia mundial como Rancho Los Amigos (Universidad del Sur de California), bajo la tutela del Dr. Telfer Reynolds, y en la Universidad de Pittsburgh, durante los años fundacionales del trasplante hepático junto al Dr. Thomas Starzl. Esa experiencia marcó su mirada integral del paciente, el valor del trabajo en equipo y un compromiso clínico sin fronteras. También moldeó un temperamento fuerte y una mirada crítica que, en ocasiones, podía resultar temida, como en aquellos célebres pases de sala en los que aparecían sus “tarjetas amarilla y roja”, guardadas en el bolsillo de su chaqueta, dentro de su inconfundible agenda. Surgían cuando alguien no dominaba un concepto clave. Era una pedagogía exigente, a veces intimidante, pero siempre justa y profundamente formadora.
De regreso en la Argentina, fue pionero del trasplante hepático y formador de generaciones de especialistas. A comienzos de la década de 1990 continuó su carrera en los Estados Unidos como Director Asociado de Hepatología y Trasplante Hepático en el Cedars-Sinai Medical Center y Profesor Asociado de Medicina en la Universidad de California, Los Ángeles. En nuestro país impulsó proyectos que marcaron un antes y un después, como la Unidad de Hígado y Trasplante Hepático de la Fundación Favaloro y, más tarde, las del Hospital Británico y el Hospital “El Cruce”, demostrando que la excelencia académica y el compromiso con la salud pública no solo son compatibles, sino que pueden potenciarse mutuamente. Con una generosidad poco frecuente, también creó y fortaleció unidades de trasplante hepático en el interior del país, acompañándolas hasta que pudieron caminar solas.

Presidió las principales sociedades nacionales e internacionales de hepatología (SAHE, IASL) y trasplante (SAT, ILTS); fue editor asociado de revistas científicas de referencia y recibió múltiples reconocimientos, entre ellos el título de “Maestro de la Hepatología” por la SAHE y la ALEH, “Fellowship” y “Distinguished Clinician/Educator Mentor Award” por la AASLD, y “Living Legend” por la TTS. Sin embargo, nada de esto alcanza para definirlo por completo. Federico es, sobre todo, un inspirador. Durante más de cuatro décadas nos enseñó —siempre con el ejemplo— que era posible participar en las grandes ligas sin trabajar en una geografía favorable, ni dominar perfectamente el idioma inglés (como era el caso de alguno de nosotros, no de él). Valoró invariablemente el conocimiento, el pensamiento crítico y la capacidad intelectual por encima de cualquier otra condición. Una de sus virtudes más distintivas es su enorme honestidad intelectual. Basta un ejemplo, poco conocido: a fines de 2003, su grupo publicó un hallazgo que años más tarde cambiaría la manera de adjudicar órganos para el trasplante hepático en todo el mundo. Mientras integraba un grupo de trabajo que estaba elaborando un consenso internacional sobre distribución de órganos, ese descubrimiento apareció citado en el borrador del documento bajo su nombre. Federico pidió que se corrigiera en la versión final para que el crédito fuera otorgado al fellow en formación que había liderado el estudio. Ese gesto simple lo define en su esencia.

Este recorrido no habría sido posible sin su familia, su gran sostén, y en particular sin su esposa, San, quien, en su papel de “encantadora de serpientes”, fue muchas veces quien lograba que su comportamiento social mejorara notablemente. Hoy lo heredan y acompañan su hija Vanesa y sus nietos Sofía, Matías, Tomás y Felipe, quienes conocen a un Federico distinto, vestido de un cálido abuelo.

Federico Villamil no solo construyó una carrera extraordinaria: construyó personas, formó equipos y abrió caminos que hoy recorren muchos hepatólogos argentinos y latinoamericanos. Ese es, sin duda, su legado más perdurable.

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El día 10 de octubre se informará a los principales autores de los resúmenes su aceptación o rechazo a su presentación.

Los 10 trabajos mejor puntuados recibirán una solicitud para enviar su abstract extendido, de acuerdo al reglamento del Congreso, con plazo de entrega hasta el 15/10.

Estos trabajos extendidos serán evaluados por 5 jurados, quienes determinarán, por consenso y puntuación, los 3 mejores trabajos a premio.

Los resultados de los premios serán comunicados en la sesión plenaria de cierre del Congreso.

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